Completamente enloquecida por los dulces jadeos que emanan a diario de la casa vecina, la racionalidad de Takahashi se desmorona. De repente, su vecina, Nozomi, la abraza. Confundida, intenta escapar, pero el pene palpitante y erecto con el que sueña a diario la obliga a sujetarse con fuerza. Las bestias, enloquecidas, se deleitan en un clímax intenso.